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Anagkh

    Y dijo la paloma: 
    -Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo, 
    en el árbol en flor, junto a la poma 
    llena de miel, junto al retoño suave 
    y húmedo por las gotas del rocío, 
    tengo mi hogar. Y vuelo 
    con mis anhelos de ave, 
    del amado árbol mío 
    hasta el bosque lejano, 
    cuando, al himno jocundo 
    del despertar de Oriente,  
    sale el alba desnuda, y muestra al mundo 
    el pudor de la luz sobre su frente. 
    Mi ala es blanca y sedosa. 
    La luz la dora y baña, 
    y céfiro la peina. 
    Son mis pies como pétalos de rosa. 
    Yo soy la dulce reina 
    que arrulla a su palomo en la montaña. 
    En el fondo del bosque pintoresco 
    está el alerce en que formé mi nido: 
    y tengo allí, bajo el follaje fresco 
    un polluelo sin par, recién nacido. 
    Soy la promesa alada, 
    el juramento vivo; 
    soy quien lleva el recuerdo de la amada 
    para el enamorado pensativo. 
    Yo soy la mensagera 
    de los tristes y ardientes sonadores, 
    que va a revolotear diciendo amores 
    junto a una perfumada cabellera. 
    Soy el lirio del viento. 
    Bajo el azul del hondo firmamento 
    muestro de mi tesoro bello y rico, 
    las preseas y galas: 
    el arrullo en el pico, 
    la caricia en las alas. 
   
   Yo despierto a los pájaros parleros 
    y entonan sus melódicos cantares; 
    me poso en los floridos limoneros 
    y derramo una lluvia de azahares. 
    Yo soy toda inocente, toda pura. 
    Yo me esponjo en las ansias del deseo, 
    y me extremezco en la íntima ternura 
    de un roce, de un rumor, de un aleteo. 
    ¡Oh inmenso azul! Yo te amo. Porque a
     Flora 
    das la lluvia y el sol siempre encendido; 
    porque siendo el palacio de la aurora 
    también eres el techo de mi nido. 
    ¡Oh inmenso azul! Yo adoro 
    tus celajes risueños, 
    y esa niebla sutil de polvo de oro 
    donde van los perfumes y los sueños. 
    Amo los velos tenues, vagorosos, 
    de las flotantes brumas, 
    donde tiendo a los aires cariñosos 
    el sedeño abanico de mis plumas. 
    ¡Soy feliz! Porque es mía la floresta,  
    donde el misterio de los nidos se halla; 
    porque el alba es mi fiesta 
    y el amor mi ejercicio y mi batalla. 
    Feliz, porque de dulces ansias llena 
    calentar mis polluelos es mi orgullo; 
    porque en las selvas vírgenes resuena 
    la música celeste de mi arrullo. 
    Porque no hay una rosa que no me ame 
    ni pájaro gentil que no me escuche, 
    ni garrido cantor que no me llame. 
    -¿Si? Dijo entonces un gavilán infame. 
    Y con furor se la metió en la buche. 
    Entonces el buen Dios allá en su trono, 
    -mientras Satán, para distraer su encono 
    aplaudía aquel pájaro zahareño,- 
    se puso a meditar. 
    Arrugó el ceño, 
    y pensó al contemplar sus vastos planes 
    y al recorrer sus puntos y sus comas, 
    que cuando creó palomas 
    no debía haber creado gavilanes. 

 Rubén Darío

Pensamiento de otoño De Armand Silvestre

    Huye el año a su término 
    como arroyo que pasa, 
    llevando del poniente 
    luz fugitiva y pálida. 
    Y así como el del pájaro 
    que triste tiende el ala, 
    el vuelo del recuerdo 
    que al espacio se lanza  
    languidece en lo inmenso 
    del azul por do vaga. 
    Huye el año a su término 
    como arroyo que pasa. 
    
    Un algo de alma aún yerra 
    por lo cálices muertos 
    de las tardas volúbilis 
    y los rosales trémulos. 
    Y, de luces lejanas 
    al hondo firmamento, 
    en las alas del perfume 
    aun se remonta un sueño. 
    Un algo de alma aún yerra 
    por los cálices muertos. 
    
    Canción de despedida 
    fingen las fuentes túrbidas. 
    Si te place, amor mío, 
    volvamos a la ruta 
    que allá en la primavera 
    ambos, las mano juntas, 
    seguimos embriagados 
    de amor y de ternura 
   por los gratos senderos 
   de sus ramas columpian 
   olientes avenidas 
   que las flores perfuman. 
   Canción de despedida 
   fingen las fuentes túrbidas. 
   
   Un cántico de amores 
   brota mi pecho ardiente 
   que eterno abril fecundo 
   de juventud florece. 
   ¡Que mueran en buen hora 
   los bellos días! Llegue 
   otra vez el invierno; 
   renazca áspero y fuerte. 
   Del viento entre el quejido 
   cual mágico himno alegre 
   un cántico de amores 
   brota mi pecho ardiente. 
     
   Un cántico de amores 
   a tu sacra beldad, 
   mujer, eterno estío, 
   ¡primavera inmortal!  
    Hermana del ígneo astro 
    que por la inmensidad 
    en toda estación vierte 
    fecundo, sin cesar, 
    de su luz esplendente 
    el dorado raudal. 
    Un cántico de amores 
    a tu sacra beldad, 
    mujer, ¡eterno estío!, 
    ¡primavera inmortal!
 

Rubén Darío
 

Invernal

   Noche. Este viento vagabundo lleva
   las alas entumidas 
   y heladas. El gran Andes 
   yergue al inmenso azul su blanca cima. 
   La nieve cae en copos,
   sus rosas trasparentes cristaliza; 
   en la ciudad, los delicados hombros 
   y gargantas se abrigan; 
   ruedan y van los coches, 
   suenan alegres pianos, el gas brilla; 
   y, si no hay un fogón que le caliente, 
   el que es pobre tirita. 
   
   Yo estoy con mis radiantes ilusiones 
   y mis nostalgias íntimas, 
   junto a la chimenea 
   bien harta de tizones que crepitan. 
   Y me pongo a pensar: 
   ¡Oh! ¡Si estuviese 
   ella, la de mis ansias infinitas, 
   la de mis sueños locos, 
   y mis azules noches pensativas! 
   ¿Cómo? Mirad: 
   De la apacibles estancia 
   en la extensión tranquila, 
    vertería la lámpara reflejos 
    de luces opalinas. 
    Dentro, el amor que abrasa; 
    fuera, la noche fría, 
    el golpe de la lluvia en los cristales, 
    y el vendedor que grita 
    su monótona y triste melopea 
    a las glaciales brisas; 
    dentro, la ronda de mis mil delirios, 
    las canciones de notas cristalinas, 
    unas manos que toquen mis cabellos, 
    un aliento que roce mis mejillas, 
    un perfume de amor, mil conmociones, 
    mil ardientes caricias; 
    ella y yo; los dos juntos, los dos solos; 
    la amada y el amado, ¡oh Poesía!, 
    los besos de sus labios, 
    la música triunfante de mis rimas, 
    y en la negra y cercana chimenea 
    el tueco brillador que estalla en chispas. 
    
    ¡Oh! ¡Bien haya el brasero 
    lleno de pedrería! 
    Topacios y carbunclos,

    rubíes y amatistas 
    en la ancha copa etrusca 
    repleta de ceniza. 
    Los lechos abrigados, 
    las almohadas mullidas, 
    las pieles de Astrakán, ¡los besos cálidos 
    que dan las bocas húmedas y tibias! 
    ¡Oh, viejo Invierno, salve! 
    Puesto que traes con las nieves frígidas 
    el amor embriagante 
    y el vino del placer en tu mochila. 
    
    Sí, estaría a mi lado, 
    dándome sus sonrisas, 
    ella, la que hace falta a mis estrofas, 
    ésa que mi cerebro se imagina; 
    la que, si estoi en sueños, 
    se acerca y me visita; 
    ella que, hermosa, tiene 
    una carne ideal, grandes pupilas, 
    algo del mármol, blanca luz de estrella: 
    nerviosas, sensitiva, 
    muestra el cuello gentil y delicado 
    de las Hebes antiguas, 
    bellos gestos de diosa, 
    tersos brazos de ninfa, 
    lustrosa cabellera 
    en la nuca encrespada y recogida, 
    y ojeras que denuncian 
    ansias profundas y pasiones vivas. 

    ¡Ah, por verla encarnada, 
    por gozar sus caricias, 
    por sentir en mis labios 
    los besos de su amor, diera la vida! 
    Entre tanto hace frío. 
    Yo contemplo las llamas que se agitan, 
    cantando alegres con sus lenguas de oro
    móviles, caprichosas e intranquilas, 
    en la negra y cercana chimenea 
    do el tuero brillador estalla en chispas. 
    
    Luego pienso en el coro 
    de las alegres liras, 
    en la copa labrada el vino negro, 
    la copa hirviente cuyos bordes brillan 
    con iris temblorosos y cambiantes 
    como un collar de prismas; 
    el vino negro que la sangre enciende  
    y pone el corazón con alegría, 
    y hace escribir a los poetas locos 
    sonetos áureos y flamantes silvas. 
    El Invierno es beodo. 
    Cuando soplan sus brisas, 
    brotan las viejas cubas 
    la sangre de las viñas. 
    Sí, yo pintara su cabeza cana 
    con corona de pámpanos guarnida. 
    El Invierno es galeoto, 
    porque en las noches frías 
    Paolo besa a Francesca 
    en la boca encendida, 
    mientras su sangre como fuego corre 
    y el corazón ardiendo le palpita. 
    ¡Oh, crudo Invierno, salve! 
    ¡Puesto que traes con las nieves frígidas

    el amor embriagante 
    y el vino del placer en tu mochila! 
    
    Ardor adolescente, 
    miradas y caricias; 
    ¡cómo estaría trémula en mis brazos 
    la dulce amada mía, 
    dándome con sus ojos luz sagrada, 
    con su aroma de flor, sabia divina! 
    En la alcoba la lámpara 
    derramando sus luces opalinas; 
    oyéndose tan sólo 
    suspiros, ecos, risas, 
    el ruido de los besos, 
    la música triunfante de mis rimas 
    y en la negra y cercana chimenea 
    el tuero brillador que estalla chispas. 
    ¡Dentro, el amor que abrasa; 
    fuera, la noche fría! 

Rubén Darío
 

Autumnal Eros, vita, lumen

    En las pálidas tardes 
    yerran nubes tranquilas 
    en el azul; en las ardientes manos 
    se posan las cabezas pensativas. 
    ¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños! 
    ¡Ah las tristezas íntimas! 
    ¡Ah el polvo de oro que en el aire flota, 
    tras cuyas ondas trémulas se miran 
    los ojos tiernos y húmedos, 
    las bocas inundadas de sonrisas, 
    las crespas cabelleras 
    y los dedos de rosa que acarician! 
    
    En las pálidas tardes 
    me cuenta un hada amiga 
    las historias secretas 
    llenas de poesía; 
    lo que cantan los pájaros, 
    lo que llevan las brisas, 
    lo que vaga en las nieblas, 
    lo que sueñan las niñas. 
  
    Una vez sentí el ansia 
    de una sed infinita. 
    Dije al hada amorosa: 
    -Quiero en el alma mía 
    tener la inspiración honda, profunda,
    inmensa: luz, calor, aroma, vida. 
    Ella me dijo: -¡Ven! Con el acento 
    con que hablaría un arpa. En él había 
    un divino idioma de esperanza. 
    ¡Oh sed del ideal! 
   
    Sobre la cima 
    de un monte, a media noche, 
    me mostró las estrellas encendidas. 
    Era un jardín de oro 
    con pétalos de llama que titilan. 
    Exclamé: -¡Más!… 
    
    La aurora 
    vino después. La aurora sonreía, 
    con la luz en la frente, 
    como la joven tímida   
    que abre la reja, y la sorprenden luego 
    ciertas curiosas, mágicas pupilas. 
    Y dije: -¡Más!… Sonriendo 
    la celeste hada amiga 
    prorrumpió: -¡Y bien!… ¡Las flores! 
   
    Y las flores 
    estaban frescas, lindas, 
    empapadas de olor: la rosa virgen, 
    la blanca margarita, 
    la azucena gentil, y las volúbilis
    que cuelgan de la rama extremecida. 
    Y dije: -¡Más!…  

    El viento 
    arrastraba rumores, ecos, risas, 
    murmullos misteriosos, aleteos,
    músicas nunca oídas. 
    El hada entonces me llevó hasta el velo 
    que nos cubre las ansias infinitas, 
    la inspiración profunda, 
    y el alma de las liras. 
    Y lo rasgó. ¡Y allí todo era aurora! 
    En el fondo se vía 
    un bello rostro de mujer. 
 
    ¡Oh, nunca 
    Piérides, diréis las sacras dichas
    que en el alma sintiera! 
    Con su vaga sonrisa: 
    -¿Más?… dijo el hada. Y yo tenía entonces 
    clavadas las pupilas 
    en el azul; y en mis ardientes manos 
    se posó mi cabeza pensativa… 
     
Rubén Darío

Estival

    La tigre de Bengala, 
    con su lustrosa piel manchada a trechos, 
    está alegre y gentil, está de gala. 
    Salta de los repechos 
    de un ribazo, al tupido
    carrizal de un bambú; luego, a la roca 
    que se yergue a la entrada de su gruta. 
    Allí lanza un rugido, 
    se agita como loca 
    y eriza de placer su piel hirsuta.
    
    La fiera virgen ama. 
    Es el mes del ardor. Parece el suelo 
    rescoldo; y en el cielo 
    el sol, inmensa llama. 
    Por el ramaje oscuro 
    salta huyendo el kanguro. 
    El boa se infla, duerme, se calienta 
    a la tórrida lumbre; 
    el pájaro se sienta 
    a reposar sobre la verde cumbre. 
  
    Siéntense vahos de horno; 
    y la selva africana 
    en alas del bochorno, 
    laza, bajo el sereno 
    cielo, un soplo de sí. La tigre ufana   
    respira a pulmón lleno, 
    y al verse hermosa, altiva, soberana, 
    le late el corazón, se le hincha el seno. 
  
    Contempla su gran zarpa, en ella la uña 
    de marfil; luego toca 
    al filo de una roca, 
    y prueba, y lo rasguña. 
    Mírase luego el flanco 
    que azota con el rabo puntiagudo 
    de color negro y blanco,
    y móvil y felpudo; 
    luego el vientre. En seguida 
    abre las anchas fauces, altanera 
    como reina que exige vasallaje; 
    después husmea, busca, va. La fiera 
    exhala algo a manera 
    de un suspiro salvaje. 
    Un rugido callado 
    escuchó. Con presteza 
    volvió la vista de uno y otro lado.
    Y chispeó su ojo verde y dilatado, 
    cuando miró de un tigre la cabeza 
    surgir sobre la cima de un collado. 
    El tigre se acercaba. 
    
    Era muy bello. 
    Gigantesca la talla, el pelo fino, 
    apretado el hijar, robusto el cuello, 
    era un don Juan felino 
    en el bosque. Anda a trancos 
    callados; ve a la tigre inquieta, sola, 
    y le muestra los blancos 
    dientes, y luego arbola 
    con donaire la cola. 
    Al caminar se vía 
    su cuerpo ondear, con garbo y bizarría.   
    Se miraban los músculos hinchados 
    debajo de la piel. Y se diría 
    ser aquella alimaña 
    un rudo gladiador de la montaña. 
    Los pelos erizados  
    del labio relamía. Cuando andaba, 
    con su peso chafaba 
    la yerba verde y muelle; 
    y el ruido de su aliento semejaba 
    el resollar de un fuelle. 
    Él es, él es el rey. Cetro de oro 
    no, sino la ancha garra 
    que se hinca recia en el testuz del toro 
    y las carnes desgarra. 
    La negra águila enorme, de pupilas
    de fuego y corvo pico relumbrante, 
    tiene a Aquilón; las hondas y tranquilas 
   aguas el gran caimán; el elefante 
   la cañada y la estepa; 
   la víbora, los juncos por do trepa;
   y su caliente nido 
   del árbol suspendido, 
   el ave dulce y tierna 
   que ama la primer luz. 
   Él, la caverna. 
 
   No envidia al león la crin, ni al potro rudo 
   el casco, ni al membrado 
   hipopótamo el lomo corpulento, 
   quien bajo los ramajes del copudo 
   baobab, ruge al viento.  
   
   Así va el orgulloso, llega, halaga; 
   corresponde la tigre que le espera, 
   y con caricias las caricias paga 
   en su salvaje ardor, la carnicera. 
  
   Después, el misterioso
   tacto, las impulsivas 
   fuerzas que arrastran con poder pasmoso; 
   y ¡oh gran Pan! el idilio monstruoso 
    bajo las vastas selvas primitivas. 
    No el de las musas de las blandas horas,

    suaves, expresivas, 
    en las rientes auroras 
    y las azules noches pensativas; 
    sino el que todo enciende, anima, exalta, 
    polen, savia, calor, nervio, corteza, 
    y en torrente de vida brota y salta 
    del seno de la gran naturaleza. 
   
    El príncipe de Gales, va de caza 
    por bosques y por cerros, 
    con su gran servidumbre, y con sus perros

    de la más fina raza. 

    Acallando el tropel de los vasallos, 
    deteniendo trahíllas y caballos, 
    con la mirada inquieta, 
    contempla a los dos tigre, de la gruta 
    a la entrada. Requiere la escopeta, 
    y avanza, y no se inmuta. 
    Las fieras se acarician. No han oído 
    tropel de cazadores. 
    A esos terribles seres,   
    embriagados de amores, 
    con cadenas de flores 
    se les hubiera uncido 
    a la nevada concha de Citeres 
    o al carro de Cupido.

    El príncipe atrevido 
    adelanta, se acerca, y se para; 
    ya apunta y cierra un ojo; ya dispara; 
    ya del arma el estruendo 
    por el espeso bosque ha resonado. 
    El tigre sale huyendo, 
    y la hembra queda, el vientre desgarrado. 
 
    ¡Oh, va a morir!… Poco antes, débil, yerta, 
    chorreando sangre por la herida abierta, 
    con ojo dolorido, 
    miró a aquel cazador; lanzó un gemido 
    como un ¡ay! de mujer… y cayó muerta. 
    Aquel macho que huyó, bravo y zahareño, 
    a los rayos ardiente 
    del sol, en su cubil después dormía.
    Entonces tuvo un sueño: 
    que enterraba las garras y los dientes 
    en vientres sonrosados 
    y pechos de mujer; y que engullía 
    por postres delicados 
    de comidas y cenas, 
    -como tigre goloso entre golosos- 
    unas cuantas docenas 
    de niños tiernos, rubios y sabrosos. 
 
Rubén Darío
    

Primaveral

     
    Mes de rosas. Van mis rimas 
    en ronda, a la vasta selva, 
    y recoger miel y aromas 
    en las flores entreabiertas. 
    Amada, ven. El gran bosque  
    es nuestro templo: allí ondea 
    y flota un santo perfume 
    de amor. El pájaro vuela 
    de un árbol a otro y saluda 
    la frente rosada y bella  
    como a un alba; y las encinas  
    robustas, altas, soberbias, 
    cuando tú pasas agitan 
    sus hojas verdes y trémulas, 
    y enarcan sus ramas como  
    para que pase una reina. 
    ¡Oh amada mía! Es el dulce 
    tiempo de la primavera. 
    
     Mira: en tus ojos, los míos; 
    da al viento la cabellera,  
    y que bañe el sol ese oro 
    de luz salvaje y espléndida. 
    Dame que aprieten mis manos 
    las tuyas de rosa y seda, 
    y ríe, y muestra tus labios  
    su púrpura húmeda y fresca. 
    Yo voy a decirte rimas, 
    tú vas a escuchar risueña; 
    si acaso algún ruiseñor 
    viniese a posarse cerca,  
    y a contar alguna historia 
    de ninfas, rosas o estrellas, 
    tú no oirás notas ni trinos, 
    sino enamorada y regia, 
    escucharás mis canciones 
    fija en mis labios que tiemblan. 
    ¡Oh amada mía! Es el dulce 
    tiempo de la primavera. 
    
     Allá hay una clara fuente 
    que brota de una caverna,   
    donde se bañan desnudas 
    las blancas ninfas que juegan. 
    Ríen al son de la espuma, 
    hienden la linfa serena; 
    entre polvo cristalino
    esponjan sus cabelleras, 
    y saben himnos de amores 
    en hermosa lengua griega, 
    que en glorioso tiempo antiguo 
    pan inventó en las florestas. 
    Amada, pondré en mis rimas 
    la palabra más soberbia 
    de las frases de los versos 
    de los himnos de esa lengua; 
    y te diré esa palabra 
    empapada en miel hiblea… 
    ¡oh amada mía! en el dulce 
    tiempo de la primavera. 
   
    Van en sus grupos vibrantes 
    revolando las abejas
    como un áureo torbellino 
    que la blanca luz alegra, 
    y sobre el agua sonora 
    pasan radiantes, ligeras, 
    con sus alas cristalinas 
    las irisadas libélulas. 
    Oye: canta la cigarra 
    porque ama al sol, que en la selva 
    su polvo de oro tamiza 
    entre las hojas espesas. 
    Su aliento nos da en un soplo 
    fecundo la madre tierra, 
    con el alma de los cálices 
    y el aroma de las yerbas. 
    
    ¿Ves aquel nido? Hay un ave. 
    Son dos: el macho y la hembra. 
    Ella tiene el buche blanco, 
    él tiene las plumas negras. 
    En la garganta el gorjeo, 
    las alas blandas y trémulas; 
    y los picos que se chocan 
    como labios que se besan. 
    El nido es cántico. El ave 
    incuba el trino, ¡oh poetas! 
    De la lira universal 
    el ave pulsa una cuerda. 
    Bendito el calor sagrado 
    que hizo reventar las yemas, 
    ¡oh amada mía, ¡en el dulce 
    tiempo de la primavera! 
      
    Mi dulce musa Delicia 
    me trajo un ánfora griega 
    cincelada en alabastro, 
    de vino de Naxos llena; 
    y una hermosa copa de oro, 
    la base henchida de perlas, 
    para que bebiese el vino 
    que es propicio a los poetas. 
    En la ánfora está Diana, 
    real, orgullosa y esbelta,
    con su desnudez divina 
    y en su actitud cinegética. 
     Y en la copa luminosa 
    está Venus Citerea 
    tendida cerca de Adonis
    que sus caricias desdeña. 
    No quiero el vino de Naxos 
    ni el ánfora de ansas bellas, 
    ni la copa donde Cipria 
    al gallardo Adonis ruega.
    Quiero beber el amor 
    sólo en tu boca bermeja 
    ¡oh amada mía! en el dulce 
    tiempo de la primavera. 
Rubén Darío
 

VI El ideal

 
    Y luego, una torre de marfil, una flor místi-
ca, una estrella a quien enamorar… Pasó, la
vi como quien viera un alba, huyente, rápida,
implacable.
 
    Era una estatua antigua con un alma que
se asomaba a los ojos, ojos angelicales, todos
ternura, todos cielo azul, todos enigma.
 
    Sintió que la besaba con mis miradas y me
castigó con la majestad de su belleza, y me
vio como una reina y como una paloma. Pero
pasó arrebatadora, triunfante, como una vi-
sión que deslumbra. Y yo, el pobre pintor de
la naturaleza y de Psyquis, hacedor de ritmos
y de castillos aéreos, vi el vestido luminoso
de la hada, la estrella de su diadema, y pensé
en la promesa ansiada del amor hermoso.
Más de aquel rayo supremo y fatal, sólo que-
dó en el fondo de mi cerebro un rostro de
mujer, un sueño azul…

Rubén Darío

V Paisaje

    Hay allá, en las orillas de la laguna de la
Quinta, un sauce melancólico que moja de
continuo su cabellera verde, en el agua que
refleja el cielo y los ramajes, como si tuviese
en su fondo un país encantado.
 
    Al viejo sauce llegan aparejados los pája-
ros y los amantes. Allí es donde escuché una 

tarde, cuando del sol quedaba apenas en el
cielo un tinte violeta que se esfumaba por
ondas, y sobre el gran Andes nevado un de-
creciente color de rosa que era como una
tímida caricia de la luz enamorada, un rumor
de besos cerca del tronco agobiado y un ale-
teo en la cumbre.

    Estaban los dos, la amada y el amado, en
un banco rústico, bajo el toldo del sauce. Al
frente, se extendía la laguna tranquila, con su
puente enarcado y los árboles temblorosos de
la ribera; y más allá se alzaba entre el verdor
de las hojas la fachada del palacio de la Ex-
posición, con sus cóndores de bronce en acti-
tud de volar.

    La dama era hermosa, él un gentil mucha-
cho, que le acariciaba con los dedos y los
labios, los cabellos negros y las manos gráci-
les de ninfa.

    Y sobre las dos almas ardientes y sobre los
dos cuerpos juntos, cuchicheaban en lengua 
rítmica y alada las dos aves. Y arriba el cielo
con su inmensidad y con su fiesta de nubes,
plumas de oro, alas de fuego, vellones de
púrpura, fondos azules, flordelisados de ópa-
lo, derramaba la magnificiencia de su pompa,
la soberbia de su grandeza augusta.

    Bajo las aguas se agitaban como en un
remolino de sangre viva los peces veloces de
aletas doradas.

    Al resplandor crepuscular, todo el paisaje
se veía como envuelto en una polvareda de
sol tamizado, y eran el alma del cuadro aque-
llos dos amantes, él moreno, gallardo, vigo-
roso, con una barba fina y sedosa, de esas
que gustan de tocar las mujeres; ella rubia, -
¡un verso de Goethe!- vestida con un traje
gris lustroso, y en el pecho una rosa fresca,
como su boca roja que pedía el beso.
 
Rubén Darío

IV Al carbón

 
    Vibraba el órgano con sus voces trémulas,
vibraba acompañando la antífona, llenando la
nave con su armonía gloriosa. Los cirios ardí-
an goteando sus lágrimas de cera entre la
nube de incienso que inundaba los ámbitos
del templo con su aroma sagrado; y allá en el
altar el sacerdote, todo resplandeciente de
oro, alzaba la custodia cubierta de pedrería,
bendiciendo a la muchedumbre arrodillada.

    De pronto, volví la vista cerca de mí, al
lado de un ángulo de sombra. Había una mu-
jer que oraba. Vestida de negro, envuelta en
un manto, su rostro se destacaba severo,
sublime, teniendo por fondo la vaga oscuri-
dad de un confesionario. Era una bella faz de
ángel, con la plegaria en los ojos y en los
labios. Había en su frente una palidez de flor
de lis; y en la negrura de su manto resalta-
ban juntas, pequeñas, las manos blancas y
adorables. Las luces se iban extinguiendo, y a
cada momento aumentaba lo oscuro del fon-
do, y entonces como por un ofuscamiento,
me parecía ver aquella faz iluminarse con una
luz blanca y misteriosa, como la que debe de
haber en la región de los coros prosternados
y de los querubines ardientes; luz alba, polvo 
de nieve, claridad celeste, onda santa que
baña los ramos de lirio de los bienaventura-
dos.

    Y aquel pálido rostro de virgen, envuelta
ella en el manto y en la noche, en aquel rin-
cón de sombra, habría sido un tema admira-
ble para un estudio al carbón.
 
Rubén Darío

III Naturaleza muerta

    He visto ayer por una ventana un tiesto
lleno de lilas y de rosas pálidas, sobre un trí-
pode. Por fondo tenía uno de esos cortinajes
amarillos y opulentos, que hacen pensar en
los mantos de los príncipes orientales. Las
lilas recién cortadas resaltaban con su lindo
color apacible, junto a los pétalos esponjados
de las rosas té.
 
    Junto al tiesto, en una copa de laca orde-
nada con ibis de oro incrustados, incitaban a
la gula manzanas frescas, medio coloradas,
con la pelusilla de la fruta nueva y la sabrosa
carne hinchada que toca el deseo; peras do-
radas y apetitosas, que daban indicios de ser
todas jugo, y como esperando el cuchillo de
plata que debía rebanar la pulpa almibarada;
y un ramillete de uvas negras, hasta con el
polvillo ceniciento de los racimos acabados de
arrancar de la viña.

    Acérqueme, vilo de cerca todo. Las lilas y
las rosas eran de cera, las manzanas y las
peras de mármol pintado, y las uvas de cris-
tal.

    ¡Naturaleza muerta!
 
Rubén Darío

II Un retrato de watteau

    Estáis en los misterios de un tocador. Es-
táis viendo ese brazo de ninfa, esas manos
diminutas que empolvan el haz de rizos ru-
bios de la cabellera espléndida. La araña de
luces opacas derrama la languidez de su gi-
rándula por todo el recinto. Y he aquí que al
volverse ese rostro, soñamos en los buenos
tiempos pasados. Una marquesa, contempo-
ránea de madama de Maintenon, solitaria en
su gabinete, da las últimas manos a su toca-
do.
 
    Todo está correcto, los cabellos que tienen
todo el Oriente en sus hebras, empolvados y
crespos, el cuello del corpiño, ancho y en
forma de corazón, hasta dejar ver principio
del seno firme y pulido; las mangas abiertas
que muestran blancuras incitantes; el talle
ceñido, que se balancea, y el rico faldellín de
largos vuelos, y el pie pequeño en el zapato
de tacones rojos.

    Mirad las pupilas azules y húmedas, la bo-
ca de dibujo maravilloso, con una sonrisa
enigmática de esfinge, quizá en recuerdo del
amor galante, del madrigal recitado junto al
tapiz de figuras pastoriles o mitológicas, o del
beso a furto, tras la estatua de algún silvano,
en la penumbra.

    Vese la dama de pies a cabeza, entre dos
grandes espejos; calcula el efecto de la mira-
da, del andar, de la sonrisa, del vello casi
impalpable que agitará el viento de la danza
en su nuca fragante y sonrosada. Y piensa, y
suspira, y flota aquel suspiro en ese aire im-

pregnado de aroma femenino que hay en un
tocador de mujer.

    Entretanto la contempla con sus ojos de
mármol una Diana que se alza irresistible y
desnuda sobre su plinto; y le ríe con audacia
un sátiro de bronce que sostiene entre los
pámpanos de su cabeza un candelabro; y en
el ansa de un jarrón de Rouen lleno de agua
perfumada, le tiende los brazos y los pechos
una sirena con la cola corva y brillante de
escamas argentinas, mientras en el plafond
en forma de óvalo, va por el fondo inmenso y
azulado sobre el lomo de un toro robusto y
divino, la bella Europa, entre delfines áureos
y tritones corpulentos que sobre el vasto rui-
do de las ondas, hacen vibrar el ronco estré-
pito de sus resonantes caracoles.

    La hermosa está satisfecha; ya pone perlas
en la garganta y calza las manos en seda, ya
rápida se dirige a la puerta donde el carruaje
espera y el tronco piafa. Y hela ahí, vanidosa
y gentil, a esa aristocrática santiaguesa que 
se dirige a un baile de fantasía de manera
que el gran Watteau le dedicaría sus pinceles. 

Rubén Darío

I Acuarela

    Primavera. Ya las azucenas floridas y lle-
nas de miel han abierto sus cálices pálidos
bajo el oro del sol. Ya los gorriones tornaso-
lados, esos amantes acariciadores, adulan a
las rosas frescas, esas opulentas y purpura-
das emperatrices; ya el jasmín, flor sencilla,
tachona los tupidos ramajes, como una blan-
ca estrella sobre un cielo verde. Ya las damas
elegantes visten sus trajes claros, dando al
olvido las pieles y los abrigos invernales. Y
mientras el sol se pone, sonrosando las nie-
ves con una claridad suave, junto a los árbo-
les de la Alameda que lucen sus cumbres res-
plandecientes en un polvo de luz, su esbeltez
solemne y sus hojas nuevas, bulle un enjam-
bre ajeno a ruido de música, de cuchicheos
vagos y de palabras fugaces.
 
    He aquí el cuadro. En primer término está
la negrura de los coches que explende y
quiebra los últimos reflejos solares, los caba-
llos orgullosos con el brillo de sus arneces, y
con sus cuellos estirados e inmóviles de bru-
tos heráldicos; los cocheros taciturnos, en su
quietud de indiferentes, luciendo sobre las
largas libreas los botones metálicos flaman-
tes; y en el fondo de los carruajes, reclinadas
como odaliscas, erguidas como reinas, las
mujeres rubias de los ojos soñadores, las que
tienen cabelleras negras y rostros pálidos, las
rosadas adolescentes que ríen con alegría de
pájaro primaveral, bellezas lánguidas, hermo-
suras audaces, castos lirios albos y tentacio-
nes ardientes.

    En esa portezuela está un rostro apare-
ciendo de modo que semeja el de un queru-
bín, por aquélla ha salido una mano enguan-
tada que se dijera de niño, y es de morena
tal que llama los corazones, más allá se al-
canza a ver un pie de Cenicienta con un zapa-
tito oscuro y media lila, y acullá, gentil con 
sus gestos de diosa, bella con su color de
marfil amapolado, su cuello real y la corona
de su cabellera, está la Venus de Milo, no
manca, sino con dos brazos, gruesos como
los muslos de un querubín de Murillo, y vesti-
da a la última moda de París, con ricas telas
de Prá.

    Más allá está el oleaje de los que van y
vienen: parejas de enamorados, hermanos y
hermanas, grupos de caballeritos irreprocha-
bles; todo en la confusión de los rostros, de
las miradas, de los colorines, de los vestidos,
de las capotas: resaltando a veces en el fon-
do negro y aceitoso de los elegantes dumas,
una cara blanca de mujer, un sombrero de
paja adornado de colibríes, de cintas o de
plumas, y el inflado globo rojo, de goma, que
pendiente de un hilo lleva un niño risueño, de
medias azules, zapatos charolados y holgado
cuello a la marinera.

    En el fondo, los palacios elevan al azul la
soberbia de sus fachadas, en las que los ála-
mos erguidos rayan columnas hojosas entre
el abejeo trémulo y desfalleciente de la tarde
fugitiva.

Rubén Darío

VI La Cabeza

    Por la noche, sonando aún en sus oídos la
música del Odeón, y los parlamentos de As-
tol; de vuelta de las calles donde escuchara el
ruido de los coches y la triste melopea de los
tortilleros, aquel soñador se encontraba en su
mesa de trabajo, donde las cuartillas inmacu-
ladas estaban esperando las silvas y los sone-
tos de costumbre, a las mujeres de los ojos
ardientes.
 
    ¡Uf!…

    ¡Qué silvas! ¡Qué sonetos! La cabeza del
poeta lírico era una orgía de colores y de so-
nidos. Resonaban en las concavidades de
aquel cerebro martilleos de cíclopes, himnos
al son de tímpanos sonoros, fanfarrias bárba-
ras, risas cristalinas, gorjeos de pájaros, batir
de alas y estallar de besos, todo como en
ritmos locos y revueltos. Y los colores agru-
pados, estaban como pétalos de capullos dis-
tintos confundidos en una bandeja, o como la
endiablada mezcla de tintas que llena la pale-
ta de un pintor…

    Además…
 
Rubén Darío

V La Virgen de la paloma

    Anduvo, anduvo.

    Volvía ya a su morada. Dirigíase el ascen-
sor cuando oyó una risa infantil, armónica, y 
él, poeta incorregible, buscó los labios de
donde brotaba aquella risa.

    Bajo un cortinaje de madreselvas, entre
plantas olorosas y maceteros floridos, estaba
una mujer pálida, augusta, madre, con un
niño tierno y risueño. Sosteníale en uno de
sus brazos, el otro lo tenía en alto, y en la
mano una paloma, una de esas palomas albí-
simas que arrullan a sus pichones de alas
tornasoladas, inflando el buche como un seno
de virgen, y abriendo el pico de donde brota
la dulce música de su caricia.

    La madre mostraba al niño la paloma, y el
niño en su afán de cogerla, abría los ojos,
estiraba los bracitos, reía gozoso; y su rostro
al sol tenía como un nimbo; y la madre con la
tierna beatitud de sus miradas, con su esbel-
tez solemne y gentil, con la aurora en las
pupilas y la bendición y el beso en los labios,
era como una azucena sagrada, como una
María llena de gracia, irradiando la luz de un
candor inefable. El niño Jesús, real como un 
dios infante, precioso como un querubín pa-
radisíaco, quería asir aquella paloma blanca,
bajo la cúpula inmensa del cielo azul.

    Ricardo descendió, y tomó el camino de su
casa.
 
Rubén Darío

IV Agua Fuerte

   Pero ¿para donde diablos iba?

    Y se entró en una casa cercana de donde
salía un ruido metálico y acompasado. 
    En un recinto estrecho, entre paredes lle-
nas de hollín, negras, muy negras, trabaja-
ban unos hombres en la forja. Uno movía el
fuelle que resoplaba, haciendo crepitar el
carbón, lanzando torbellinos de chispas y lla-
mas como lenguas pálidas, áureas, azulejas,
resplandecientes. Al brillo del fuego en que se
enrojecían largas barras de hierro, se mira-
ban los rostros de los obreros con un reflejo
trémulo. Tres yunques ensamblados en tos-
cos armazones resistían el batir de los ma-
chos que aplastaban el metal candente,
haciendo saltar una lluvia enrojecida. Los
forjadores vestían camisas de lana de cuellos
abiertos, y largos delantales de enero. Alcan-
zábaseles a ver el pescuezo gordo y el princi-
pio del pecho velludo; y salían de las mangas
holgadas los brazos gigantescos, donde, co-
mo en los de Amico, parecían los músculos
redondas piedras de las que deslavan y pulen
los torrentes. En aquella negrura de caverna,
al resplandor de las llamaradas, tenían tallas
de cíclopes. A un lado, una ventanilla dejaba
pasar apenas un haz de rayos de sol. A la 
entrada de la forja, como en un marco oscu-
ro, una muchacha blanca comía uvas. Y sobre
aquel fondo de hollín y de carbón, sus hom-
bros delicados y tersos que estaban desnu-
dos, hacían resaltar su bello color de lis, con
un casi imperceptible tono dorado.
 
    Ricardo pensaba:
 
    -Decididamente, una escursión feliz al país
del arte…
 
 Rubén Darío

III Paisaje

    A poco andar se detuvo.
 
    El sol había roto el velo opaco de las nubes
y bañaba de claridad áurea y perlada un re-
codo de camino. Allí unos cuantos sauces
inclinaban sus cabelleras hasta rozar el cés-
ped. En el fondo se divisaban altos barrancos
y en ellos tierra negra, tierra roja, pedruscos
brillantes como vidrios. Bajo los sauce ago-
biados ramoneaban sacudiendo sus testas
filosóficas -¡oh, gran maestro Hugo!- unos
asnos; y cerca de ellos un buey, gordo, con
sus grandes ojos melancólicos y pensativos
donde ruedan miradas y ternuras de éxtasis
supremos y desconocidos, mascaba despacio-
so y con cierta pereza la pastura. Sobre todo,
flotaba un vaho cálido, y el grato olor cam-
pestre de las yerbas pisadas. Veíase en lo
profundo un trozo de azul. Un huaso robusto,
uno de esos fuertes campesinos, toscos hér-
cules que detienen un toro, apareció de pron-
to en lo más alto de los barrancos. Tenía tras
de sí el vasto cielo. Las piernas, todas múscu-
los, las llevaba desnudas. En uno de sus bra-
zos traía una cuerda gruesa y arrollada. So-
bre su cabeza, como un gorro de nutria, sus
cabellos enmarañados, tupidos, salvages.
 
    Llegose al buey en seguida y le echó el
lazo a los cuernos. Cerca de él. Un perro con
la lengua de fuera, acezando, movía el rabo y
daba brincos.
 
    -¡Bien! -dijo Ricardo.
 
    Y pasó.
 Rubén Darío

II Acuarela


    Había cerca un bello jardín, con más rosas
que azules y más violetas que rosas. Un bello
y pequeño jardín, con jarrones, pero sin esta-
tuas, con una pita blanca, pero sin surtidores,
cerca de una casita como hecha para un
cuento dulce y feliz.

    En la pita un cisne chapuzaba revolviendo
el agua, sacudiendo las alas de un blancor de
nieve, enarcando el cuello en la forma del
brazo de una tira o del ansa de una ánfora, y
moviendo el pico húmedo y con tal lustre co-
mo si fuese labrado en una ágata de color de
rosa.

    En la puerta de la casa, como extraída de
una novela de Dickens, estaba una de esas
viejas inglesas, únicas, solas, clásicas. Con la
cofia encintada, los anteojos sobre la nariz, el
cuerpo encorvado, las mejillas arrugadas,
más con color de manzana madura y salud
rica. Sobre la saya oscura, el delantal.

    Llamaba:

    -¡Mary!

    El poeta vio llegar una joven de un rincón
del jardín, hermosa, triunfal, sonriente; y no
quiso tener tiempo sino para meditar en que
son adorables los cabellos dorados, cuando
flotan sobre las nucas marmóreas, y en que
hay rostros que valen bien por un alba.

    Luego, todo era delicioso. Aquellos quince
años entre las rosas: -quince años, sí, los 
estaban pregonando unas pupilas serenas de
niña, un seno apenas erguido, una frescura
primaveral, y una falda hasta el tobillo que
dejaba ver el comienzo turbador de una me-
dia de color carne;- aquellos rosales temblo-
rosos que hacían ondular sus arcos verdes,
aquellos, durazneros con sus ramilletes ale-
gres donde se detenían al paso las mariposas
errantes llenas de polvo de oro, y las libélulas
de alas cristalinas e irisadas; aquel cisne en
la ancha taza, esponjando el alabastro de sus
plumas, y zabulléndose entre espumajeos y
burbujas, con voluptuosidad, en la transpa-
rencia del agua; la casita limpia, pintada,
apacible, de donde emergía como una onda
de felicidad; y en la puerta la anciana, un
invierno, en medio de toda aquella vida, cer-
ca de Mary, una virginidad en flor.

    Ricardo, poeta lírico que andaba a caza de
cuadros, estaba allí con la satisfacción de un
goloso que paladea cosas esquisitas.

    Y la anciana y la joven: 
    -¿Qué traes?

    -Flores.

    Mostraba Mary su falda llena como de iris
hechos trizas, que revolvía con una de sus
manos gráciles de ninfa, mientras sonriendo
su linda boca purpurada, sus ojos abiertos en
redondo dejaban ver un color de lapizlázuli y
una humedad radiosa.

    El poeta siguió adelante.
 
Rubén Darío

I En busca de cuadros

    Sin pinceles, sin paleta, sin papel, sin lá-
piz, Ricardo, poeta lírico incorregible, huyen-
do de las agitaciones y turbulencias, de las 
máquinas y de los fardos, del ruido monótono
de los tranvías y el chocar de las herraduras
de los caballos con su repiqueteo de caracoles
sobre las piedras; de las carreras de los co-
rredores frente a la Bolsa, del tropel de los
comerciantes; del grito de los vendedores de
diarios; del incesante bullicio e inacabable
hervor de este puerto; en busca de impresio-
nes y de cuadros, subió al cerro Alegre que,
gallardo como una gran roca florecida, luce
sus flancos verdes, sus montículos coronados
de casas risueñas escalonadas en la altura,
rodeadas de jardines, con ondeantes cortinas
de enredaderas, jaulas de pájaros, jarras de
flores, rejas vistosas y niños rubios de caras
angélicas.

    Abajo estaban las techumbres de Valparaí-
so que hace transacciones, que anda a pie
como una ráfaga, que puebla los almacenes e
invade los bancos, que viste por la mañana
torno crema o plomizo, a cuadros, con som-
brero de paño, y por la noche bulle en la calle
del Cabo con lustroso sombrero de copa, 
abrigo al brazo y guantes amarillos, viendo a
la luz que brota de las vidrieras, los lindos
rostros de las mujeres que pasan.

    Más allá, el mar acerado, brumoso, los
barcos en grupo, el horizonte azul y lejano.
Arriba, entre opacidades, el sol.

    Donde estaba el soñador empedernido,
casi en lo más alto del cerro, apenas si se
sentían los extremecimientos de abajo. Erra-
ba él a lo largo del Camino de Cintura e iba
pensando en idilios, con toda la augusta des-
fachatez de un poeta que fuera millonario.

    Había allí aire fresco para sus pulmones,
casas sobre cumbres, como nidos al viento,
donde bien podía darse el gusto de colocar
parejas enamoradas, y tenía además, el in-
menso espacio azul, del cual, -él lo sabía per-
fectamente, los que hacen los salmos y los
himnos pueden disponer como les vengan en
antojo.
 De pronto escuchó: -«¡Mary! ¡Mary!» Y él,
que andaba a caza de impresiones y en busca
de cuadros, volvió la vista

Rubén Darío

El Pájaro Azul

    París es teatro divertido y terrible. Entre
los concursantes al café Plombier, buenos y
decididos muchachos -pintores, escultores,
escritores, poetas- sí, ¡todos buscando el vie-
jo laurel verde! ninguno más querido que
aquel pobre Garcín, triste casi siempre, buen
bebedor de ajenjo, soñador que nunca se
emborrachaban, y, como bohemio intachable,
bravo improvisador.

    En el cuartucho destartalado de nuestras
alegres reuniones, guardaba el yeso de las
paredes, entre los esbozos y rasgos de futu-
ros Clays, versos, estrofas enteras escritas en
la letra echada y gruesa de nuestro amado
pájaro azul.

    El  pájaro azul era el pobre Garcín. ¿No
sabéis por qué se llamaba así? Nosotros le
bautizamos con ese nombre.

    Ello no fue un simple capricho. Aquel exce-
lente muchacho tenía el vino triste. Cuando le
preguntábamos porqué cuando todos reíamos
como insensatos o como chicuelos, él arruga-
ba el ceño y miraba fijamente el cielo raso,
nos respondía sonriendo con cierta amargura.

    -Camaradas: habéis de saber que tengo un
pájaro azul en el cerebro, por consiguiente…

    Sucedía también que gustaba de ir a las
campiñas nuevas, al entrar la primavera. El
aire del bosque hacía bien a sus pulmones,
según nos decía el poeta.
 
    De sus excursiones solía traer ramos de
violetas y gruesos cuadernillos de madrigales,
escritos al ruido de las hojas y bajo el ancho
cielo sin nubes. Las violetas eran para Nini,
su vecina, una muchacha fresca y rosada que
tenía los ojos mui azules.

    Los versos eran para nosotros. Nosotros
los leíamos y los aplaudíamos. Todos tenía-
mos una alabanza para Garcín. Era un ingenio
que debía brillar. El tiempo vendría. Oh, el
pájaro azul volaría muy alto. ¡Bravo!, ¡bien!
¡Eh, mozo, más ajenjo!

    Principios de Garcín:

    De las flores las lindas campánulas.

    Entre las piedras preciosas, el zafiro.

    De las inmensidades, el cielo y el amor; es
decir, las pupilas de Nini.
 
    Y repetía el poeta: Creo que siempre es
preferible la neurosis a la imbecilidad.
 

    A veces Garcín estaba más triste que de
costumbre.

    Andaba por los boulevares; veía pasar in-
diferente los lujosos carruajes, los elegantes,
las hermosas mujeres. Frente al escaparate
de un joyero sonreía; pero cuando pasaba
cerca de un almacén de libros, se llegaba a
las vidrieras, husmeaba, y al ver las lujosas
ediciones, se declaraba decididamente envi-
dioso, arrugaba la frente, para desahogarse
volvía el rostro hacia el cielo y suspiraba. Co-
rría al café en busca de nosotros, conmovido,
exaltado, casi llorando, pedía su vaso de
ajenjo y nos decía:
 
   -Sí, dentro de la jaula de mi cerebro está
preso un pájaro azul que quiere su libertad… 

    Hubo algunos que llegaron a creer en un
descalabro de razón.

    Un alienista a quien se le dio noticia de lo
que pasaba, calificó el caso como una mono-
manía especial. Sus estadios patológicos no
dejaban lugar a duda.

    Decididamente, el desgraciado Garcín es-
taba loco.

    Un día recibió de su padre, un viejo pro-
vinciano de Normandía, comerciante en tra-
pos, una carta que decía lo siguiente poco
más o menos:

    «Sé tus locuras en París. -mientras per-
manezcas de ese modo, no tendrás de mí un 
solo  sou. Ven a llevar los libros de mi alma-
cén, y cuando hayas quemado, gandul, tus
manuscritos de tonterías, tendrás mi dinero.»

    Esta carta se leyó en el café Plombier.

    -¿Y te irás?

    -¿No te irás?

    ¿Aceptas?

    ¿Desdeñas?

    ¡Bravo Garcín! Rompió la carta y soltando
el trapo a la vena, improvisó unas cuantas
estrofas, que acababan, si mal no recuerdo:

    Si seré siempre un gandul,

    lo cual aplaudo y celebro,

    mientras sea mi cerebro
 
    jaula del pájaro azul!

    Desde entonces Garcín cambió de carácter.
Se volvió charlador, se dio un baño de ale-
gría, compró levita nueva, y comenzó un
poema en tercetos titulado, pues es claro: El
pájaro azul.

    Cada noche se leía en nuestra tertulia algo
nuevo de la obra. Aquello era excelente, su-
blime, disparatado.

    Allí había un cielo muy hermoso, una cam-
paña mui fresca, países brotados como por la
magia del pincel de Corot, rostros de niños
asomados entre flores; los ojos de Nini
húmedos y grandes; y por añadidura, el buen
Dios que envía volando, volando, sobre todo
aquello, un pájaro azul que sin saber cómo ni
cuándo, anida dentro del cerebro del poeta,
en donde queda aprisionado. Cuando el pája-
ro canta, se hacen versos alegres y rosados.
Cuando el pájaro quiere volar y abre las alas
y se da contra las paredes del cráneo, se al-
zan los ojos al cielo, se arruga la frente y se
bebe ajenjo con poca agua, fumando ade-
más, por remate, un cigarrillo de papel.

    He ahí el poema.

    Una noche llegó Garcín riendo mucho y,
sin embargo, muy triste.
 
    La bella vecina había sido conducida al
cementerio.

    -¡Una noticia!, ¡una noticia! Canto último
de mi poema. Nini ha muerto. Viene la pri-
mavera y Nini se va. Ahorro de violetas para
la campiña. Ahora falta el epílogo del poema.
Los editores no se dignan siquiera leer mis
versos, vosotros muy pronto tendréis que
dispersaros. Ley del tiempo. El epílogo debe 
titularse así: «De cómo el pájaro azul alza el
vuelo al cielo azul.»
 
    ¡Plena primavera! Los árboles florecidos,
las nubes rosadas en el alba y pálidas por la
tarde; ¡el aire suave que mueve las hojas y
hace aletear las cintas de los sombreros de
paja con especial ruido! Garcín no ha ido al
campo.

    Hele ahí, viene con traje nuevo, a nuestro
amado Café Plombier, pálido, con una sonrisa
triste.

    -Amigos míos, ¡un abrazo! Abrazadme to-
dos, así, fuerte; decidme adiós, con todo el
corazón, con toda el alma… El pájaro azul
vuela…
 
    Y el pobre Garcín lloró, nos estrechó, nos
apretó las manos con todas sus fuerzas y se
fue.

    Todos dijimos: Garcín, el hijo pródigo,
busca a su padre, el viejo normando.- musas,
adiós, adiós, Gracias. ¡Nuestro poeta se deci-
de a medir trapos! ¡Eh! ¡Una copa por Garcín!

     Pálidos, asustados, entristecidos, al día
siguiente, todos los parroquianos del Café
Plombier que metíamos tanta bulla en aquel
cuartucho destartalado, nos hallábamos en la
habitación de Garcín. El estaba en su lecho,
sobrelas sábanas ensangrentadas,, con el
cráneo roto de un balazo. Sobre la almohada
había fragmentos de masa cerebral. ¡Que
horrible!
 
    Cuando repuestos de la primera impresión,
pudimos llorar ante el cadáver de nuestro
amigo, encontramos que tenía consigo el fa-
moso poema. En la última pájina había escri-
tas estas palabras: Hoi, en plena primavera,
dejo abierta la puerta de la jaula al pobre
pájaro azul.
 
   ¡Ay, Garcín!, ¡cuantos llevan en el cerebro
tu misma enfermedad! 

Rubén Darío

El Palacio del Sol

    A vosotras, madres de las muchachas
anémicas, va esta historia, la historia de Ber-
ta, la niña de los ojos color de aceituna, fres-
ca como una rama de durazno en flor, lumi-
nosa como un alba, gentil como la princesa
de un cuento azul.

    Ya veréis, sanas y respetables señoras,
que hai algo mejor que el arsénico y el fierro,
para encender la púrpura de las lindas megi-
llas virginales; y, que es preciso abrir la puer-
ta de su jaula a vuestras avecitas encantado-
ras, sobre todo, cuando llega el tiempo de la
primavera y hay ardor en las venas y en las
savias, y mil átomos de sol abejean en los
jardines, como un enjambre de oro sobre las
rosas entreabiertas.

     Cumplidos sus quince años, Berta empezó
a entristecer, en tanto que sus ojos llamean-
tes se rodeaban de orejas melancólicas. -
Berta, te he comprado dos muñecas… -No las
quiero mamá… -He hecho traer los  Noctur-
nos… -Me duelen los dedos mamá… -
Entonces… -Estoy triste mamá… -Pues que se
llame al doctor.

    Y llegaron las antiparras de aros de carey,
los guantes negros, la calva ilustre y el cru-
zado levitón.

    Ello era natural. El desarrollo, la edad…
síntomas claros, falta de apetito, algo como
una opresión en el pecho, tristeza, punzadas
a veces en las sienes, palpitación… Ya sabéis;
dad a vuestra niña glóbulos de arseniato de
hierro, luego, duchas. ¡El tratamiento!…

    Y empezó a curar su melancolía, con gló-
bulos y duchas, al comenzar la primavera,
Berta, la niña de los ojos color de aceituna,
que llegó a estar fresca como una rama de
durazno en flor, luminosa como un alba, gen-
til como la princesa de un cuento azul. 


    A pesar de todo las ojeras persistieron, la
tristeza continuó, y Berta, pálida como un
precioso marfil, llegó un día a las puertas de
la muerte. Todos lloraban por ella en el pala-
cio, y la sana y sentimental mamá hubo de
pensar en las palmas blancas del atahud de
las doncellas. Hasta que una mañana la lán-
guida anémica, bajó al jardín, sola, y siempre
con su vaga atonía melancólica, a la hora en
que el alba ríe. Suspirando erraba sin rumbo,
aquí, allá; y las flores estaban tristes de ver-
la. Se apoyó en el zócalo de un fauno sober-
bio y bizarro, cincelado por Plaza, que húme-
dos de rocío sus cabellos de mármol, bañaba
en luz su torso espléndido y desnudo. Vio un
lirio que erguía al azul la pureza de su cáliz
blanco, y estiró la mano para cojerlo. No bien
había… Sí, un cuento de hadas, señoras mías,
pero que ya veréis sus aplicaciones en una
querida realidad, -no bien había tocado el 
cáliz de la flor, cuando de él surgió de súbito
una hada, en su carro áureo y diminuto, ves-
tida de hilos brillantísimos e impalpables, con
su aderezo de rocío, su diadema de perlas y
su varita de plata.

    ¿Creis que Berta se amedró? Nada de eso.
Batió palmas alegre, se reanimó como por
encanto, y dijo al hada: -¿Tú eres la que me
quiere tanto en sueños? -Sube -respondió el
hada. Y como si Berta se hubiese empeque-
ñecido, de tal modo cupo en la concha del
carro de oro, que hubiera estado holgada
sobre el ala corva de un cisne a flor de agua.
Y las flores, el fauno orgulloso, la luz del día,
vieron cómo en el carro del hada iba por el
viento, plácida y sonriendo al sol, Berta, la
niña de los ojos color de aceituna, fresca co-
mo una rama de durazno en flor, luminosa
como un alba, gentil como la princesa de un
cuento azul.
 
    Todos exclamaron: -¡Aleluya! ¡Gloria!
¡Hosanna al rei de los Esculapios! ¡Fama
eterna a los glóbulos de ácido arsenioso y a la
duchas triunfales! Y mientras Berta corrió a
su retrete a vestir sus más ricos brocados, se
enviaron presentes al viejo de las antiparras
de aros de carey, de los guantes negros, de
la calva ilustre y del cruzado levitón. Y ahora,
oíd vosotras, madres de las muchachas ané-
micas, cómo hai algo mejor que el arsénico y
el fierro, para eso de encender la púrpura de
las lindas megillas virginales. Y sabréis cómo
no, no fueron los glóbulos, no, no fueron las
duchas, no, no fue el farmacéutico, quien
devolvió salud y vida a Berta, la niña de los
ojos color de aceituna, alegre y fresca como
una rama de durazno en flor, luminosa como
un alba, gentil como la princesa de un cuento
azul.
 
    Así que Berta se vio en el carro del hada,
la preguntó: -¿Y a dónde me llevas? -Al pala-
cio del sol. Y desde luego sintió la niña que
sus manos se tornaban ardientes, y que su
corazoncito le saltaba como henchido de san-
gre impetuosa. -Oye -siguió el hada- yo soy
la buena hada de los sueños de las niñas ado-
lescentes; yo soy la que curo a las cloróticas
con sólo llevarlas en mi carro de oro al pala-
cio del sol, adonde vas tú. Mira, chiquita, cui-
da de no beber tanto el néctar de la danza, y
de no desvanecerte en las primeras rápidas
alegrías. Ya llegamos. Pronto volverás a tu
morada. Un minuto en el palacio del sol, deja
en los cuerpos y en las almas, años de fuego,
niña mía.

    En verdad, estaban en un lindo palacio
encantado, donde parecí sentirse el sol en el
ambiente. ¡Oh, qué luz! ¡qué incendios!- Sin-
tió Berta que se le llenaban los pulmones de
aire de campo y de mar, y las venas de fue-
go; sintió en el cerebro esparcimientos de
armonía, y como que el alma se le ensancha-
ba, y como que se ponía más elástica y tersa
su delicada carne de mujer. Luego vio, vio
sueños reales, y oyó, oyó músicas embria-
gantes. En vastas galerías deslumbradoras,
llenas de claridades y de aromas, de sederías
y de mármoles, vio un torbellino de parejas,
arrebatadas por las ondas invisibles y domi-
nantes de un vals. Vio que otras tantas ané-
micas como ella, llegaban pálidas y entriste-
cidas, respiraban aquel aire, y luego se arro-
jaban en brazos de jóvenes vigorosos y es-
beltos, cuyos bozos de oro y finos cabellos
brillaban a la luz; y danzaban, y danzaban
con ellos, en una ardiente estrechez, oyendo
requiebros misteriosos que iban al alma, res-
pirando de tanto en tanto como hálitos im-
pregnados de vainilla, de haba de Tonka, de
violeta, de canela, hasta que con fiebre, ja-
deantes, rendidas, como palomas fatigadas
de un largo vuelo, caían sobre cogines de
seda, los senos palpitantes, las gargantas
sonrosadas, y así soñando, soñando en cosas 
embriagadoras…- ¡Y ella también! cayó al
remolino, al maelstrón atrayente, y bailó,
giró, pasó, entre los espasmos de un placer
agitado; y recordaba entonces que no debía
embriagarse tanto con el vino de la danza,
aunque no cesaba de mirar al hermoso com-
pañero, con sus grandes ojos de mirada pri-
maveral. Y él la arrastraba por las vastas ga-
lerías, ciñendo su talle, y hablándola al oído,
en la lengua amorosa y rítmica de los voca-
blos apacibles, de las frases irisadas y oloro-
sas, de los períodos cristalinos y orientales.

    Y entonces ella sintió que su cuerpo y su
alma se llenaban de sol, de efluvios podero-
sos y de vida. ¡No, no esperéis más!
 
    El hada la volvió al jardín de su palacio, al
jardín, donde cortaba flores envuelta en una
oleada de perfumes, que subía místicamente 
a las ramas trémulas, para flotar como el
alma errante de los cálices muertos.

    ¡Así fue Berta a vestir sus más ricos broca-
dos, para honra de los glóbulos y duchas
triunfales, llevando rosas en las faldas y en
las megillas!
 
    ¡Madres de las muchachas anémicas! os
felicito por la victoria de los arseniatos e hi-
pofosfitos del señor doctor. Pero, en verdad
os digo: es preciso, en provecho de las lindas
megillas virginales, abrir la puerta de su jaula
a vuestras avecitas encantadoras, sobre todo,
en el tiempo de la primavera, cuando hay
ardor en las venas y en las savias, y mil áto-
mos de sol abejean en los jardines como un
enjambre de oro sobre las rosas entreabier-
tas. Para vuestras cloróticas, el sol en los
cuerpos y en las almas. Sí, al palacio del sol,
de donde vuelven las niñas como Berta, la de 
los ojos color de aceituna, frescas como una
rama de durazno en flor, luminosas como un
alba, gentiles como la princesa de un cuento
azul.  

Rubén Darío